Máscaras, diablos y tradición: la Zamora más ancestral se exhibe en Madrid

Para el viajero cultural, el desfile fue una invitación. Porque tras la exhibición urbana queda lo esencial: acudir en invierno a esos pueblos, sentir el frío cortante de enero, escuchar el cencerro en la calle empedrada y entender que Europa aún guarda rituales donde lo pagano y lo cristiano, lo lúdico y lo trascendente, dialogan sin complejos. Madrid fue escenario. Zamora, protagonista. Y las mascaradas, memoria viva en movimiento.

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2/21/20263 min read

Máscaras, diablos y tradición: la Zamora más ancestral se exhibe en Madrid
Máscaras, diablos y tradición: la Zamora más ancestral se exhibe en Madrid

Madrid no se despertó aquel día con el sonido habitual del tráfico, sino con el eco grave de los cencerros. El centro histórico se convirtió en territorio ritual con el I Desfile de Mascaradas, impulsado por la Casa de Zamora en Madrid, en colaboración con la Junta Municipal del Distrito Centro y bajo el marco organizativo de UNCAREMA. No fue una exhibición folclórica al uso: fue un acto de afirmación cultural. Zamora no acudió como invitada; se mostró como es.

Un territorio que se lleva puesto

En Zamora no hace falta explicar qué es una mascarada. Basta nombrarla para que surjan imágenes de pieles, cuernos, tenazas, carreras, ceniza y carcajadas nerviosas. Son celebraciones de invierno, muchas vinculadas al solsticio y al ciclo del antruejo, cuya raíz se hunde en estratos prerromanos, aunque hayan absorbido lecturas cristianas con el paso de los siglos. Son, en términos antropológicos, raros ejemplos de supervivencia ritual en la Europa contemporánea.

Entre diciembre y enero, la provincia despliega un calendario que cualquier viajero interesado en patrimonio inmaterial debería anotar. En Riofrío de Aliste, la Fiesta de los Carochos, declarada de Interés Turístico Regional, escenifica cada 1 de enero una dramaturgia popular donde diablos cubiertos de pieles, guapos y filandorros representan la eterna tensión entre el bien y el mal. En Sarracín de Aliste, los diablos Grande y Chiquito recorren las calles entre cenizas y coplas satíricas. En Abejera, los Cencerrones persiguen al público con tenazas rematadas en cuernos. Y en Villanueva de Valrojo, el carnaval documentado desde el siglo XIX desafió incluso prohibiciones oficiales para mantenerse vivo.

La lista continúa: Pobladura de Aliste con su Obisparra estival; Ferreras de Arriba con la Filandorra que simboliza los pecados capitales; o Sejas de Aliste, donde el Toco enciende la última hoguera del año. Todas comparten una misma lógica simbólica: purificar, renovar, cohesionar comunidad.

Del Aliste rural a la Puerta del Sol

El desfile arrancó en la Plaza de Isabel II y avanzó por calle Felipe V, Plaza de Oriente, calle Arenal y Puerta del Sol, hasta culminar en la Plaza del Carmen. Allí, en un escenario habilitado, cada mascarada fue presentada y contextualizada para el público madrileño, muchos de los cuales asistían por primera vez a un espectáculo que parecía surgido de otra época.

Llegaron agrupaciones de todos los rincones de la provincia: Almeida de Sayago con la Vaca Bayona; Almendra del Pan con la Fiera Corrupia; Montamarta y Sanzoles con sus Zangarrones; Pobladura de Aliste con la Obisparra; Pozuelo de Tábara con el Tafarrón; Vigo de Sanabria con la Visparra; Villarino Tras la Sierra con el Caballico, entre muchas otras. No era una muestra parcial: era un mapa viviente de Zamora.

El acompañamiento musical del Consorcio de Fomento Musical de Zamora aportó la textura sonora imprescindible: dulzainas, tamboriles y ritmos que no son mero acompañamiento, sino estructura ritual. Sin música no hay mascarada; sin comunidad no hay sentido.

Más que folclore: patrimonio en movimiento

Desde una perspectiva turística, las mascaradas zamoranas constituyen un producto cultural de alto valor diferencial. No son recreaciones escenográficas pensadas para el visitante; son celebraciones vivas que el viajero contempla como invitado respetuoso. Esa autenticidad es, precisamente, su mayor fortaleza.

Ver desfilar a los carochos con sus cencerros, observar al filandorro improvisar sátiras sobre el año transcurrido o sentir la tensión simbólica cuando el diablo intenta apropiarse del alma del niño en brazos de la madama es asistir a una narrativa colectiva transmitida generación tras generación.

Que este universo simbólico haya tomado las calles de Madrid no supone descontextualizarlo, sino proyectarlo. La capital se convirtió, por unas horas, en escaparate de un patrimonio que suele latir en pequeñas localidades de Aliste, Sayago, Sanabria o Tierra de Tábara. Y el mensaje fue claro: Zamora no solo conserva tradición; la vive, la explica y la comparte.

Para el viajero cultural, el desfile fue una invitación. Porque tras la exhibición urbana queda lo esencial: acudir en invierno a esos pueblos, sentir el frío cortante de enero, escuchar el cencerro en la calle empedrada y entender que Europa aún guarda rituales donde lo pagano y lo cristiano, lo lúdico y lo trascendente, dialogan sin complejos.

Madrid fue escenario. Zamora, protagonista. Y las mascaradas, memoria viva en movimiento.

Fotógrafo de Bodas . Ramiro Cruz - fotógrafo - filmmakerFotógrafo de Bodas . Ramiro Cruz - fotógrafo - filmmaker

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